Las almas muertas de Gógol
En la bibliografía de cualquier autor se suelen advertir periodos de aprendizaje y experimentación, otros de gloria y esplendor, más los inevitables de sombras y declive. No obstante, el brillo rusiente de la genialidad precisa de la finitud. Pues, la energía con la que se alimentan los periodos de gracia de un escritor es tan efímera como la propia vida. Pero, de esa feliz conjunción obtenemos aquello que hemos dado en denominar clásicos de la literatura universal. Sin duda, entre ellos ocupa su merecido lugar “Las almas muertas” de Nikolái Gógol.
Concebida como una obra en tres partes, el novelista ruso solo completó la primera entrega. Dejando incompleto el segundo libro, ya que antes de morir, prendió fuego a casi todo lo que tenía escrito sobre la continuación de la historia de Chíchikov.
¿Sabías qué?
El pintor Iliá Repin en su cuadro “Autoinmolación de Gógol” (<– haz clic), inmortalizó la escena del escritor de “Las almas muertas” entregando al fuego —en un arrebato de locura— las hojas que contenían la segunda parte de su obra.
El deterioro físico y, sobre todo, mental de Gógol precipitaron su muerte a la edad de 42 años. De este modo, nunca pudo completar su trilogía. En cualquier caso, su portento creador quedó más que acreditado con obras como “El inspector”, “Tarás Bulbas” o la primera parte de la obra que estamos reseñando:
Las almas muertas de Nikolái Gógol
Si tuviese que destacar un único elemento entre todos los que resaltan en esta obra, con absoluta confianza elegiría la vivacidad y cercanía del narrador. En todo momento, la voz del narrador —que se confunde con la propia voz del autor— encandila al lector no solo con los pormenores inherentes a la historia, sino con sus propias cavilaciones acerca de la construcción del relato.
Así, con un estilo envolvente, convierte al lector en confidente de su historia. Por momentos, tienes la sensación de que Gógol establece un diálogo contigo a través de la palabras, y que te hace partícipe de la construcción del relato.
En este sentido, asombra la naturalidad con la que logra este artificio técnico. Más si cabe, porque lo hace con una jovialidad y sentido del humor que chisporrotean en cada efluvio creador del mundo Chichikoviano. Es como si un niño picarón se divirtiese contando unas y otras travesuras.
Años después, Dostoievski, otro genio de la literatura rusa, se serviría de esa misma técnica para el narrador de “Los hermanos Karamázov“. Eso sí, con un tono serio complementamente diferente.
Para ello, nos introduce en las vicisitudes del protagonista de Las almas muertas. Sobre su persona va a girar todo un elenco de tipos y caracteres que, en su conjunto, recrean el absurdo humano. Me refiero a:
Pável Chíchikov
Estamos ante un personaje hiperbólico, desmesurado. Una suerte de esperpento de un charlatán. Porque eso es lo que mejor define a Chíchikov. Un vendedor de crecepelos, un trilero escondido en el último rincón de la feria. Una estafa bien presentada y de buenos modales.
No en vano, su motivación última, como si de un Lazarillo de Tormes se tratase, es progresar en la sociedad. De ahí su propósito de conseguir tierras, encontrar una esposa y tener familia. Solo que atenazado por una sociedad que no le permite ascender a través del trabajo, va a poner todo su talento al servicio de la mentira y el engaño.
Su primer intento de conseguir la tan deseada riqueza fue en tanto que funcionario corrupto del departamento de aduanas. El buen hacer de Chíchikov en el negocio del cohecho le reportó enormes ingresos. Pero las desavencias —a causa de una mujer— con su complice de pillerías daría al traste con toda la trama y el beneficio logrado.
Con el dinero que consigue salvar, Chíchikov —inasequible al desaliento— se apresura a una nueva tentativa en su afán de alcanzar la riqueza. Para ello, se va a una remota provincia de la Rusia infinita con el objetivo de ejecutar un negocio. Esto es, comprar muertos.
Las almas muertas
Ambientada en la Rusia de los zares, el régimen de servidumbre permitía a los poseedores de tierras disponer de las personas que faenaban en sus dominios como si de otra posesión más se tratase. De este modo, la riqueza, en parte, se medía por el número de almas que un terrateniente poseía.
Lo que pretende Chíchikov es comprar aquellos sirvientes que han fallecido, pero todavía no han sido dados de baja del censo. Su objetivo es acumular almas sobre el papel a un precio irrisorio, y alcanzar una cifra tal que pueda presentarla ante la administración para obtener tierras.
Al principio, al lector le resultará curiosa la tarea a la que se encomienda el protagonista. Cierto es que se adivina algo misterioso, incluso demoníaco tras ella. Pero, por encima del leitmotiv que da pie a la trama, y que no deja de ser un ardid para otra estafa, lo que de verdad impresiona es la diversidad de personajes —almas vivas— caracterizados por Gógol.
De este modo, las figuras de Sobakévich, Alekséi Ivánovich, Nozdriov, Andréi Ivánovich o Koshkariov nos ofrecen un retrato de tipos humanos. Personas que de una u otra forma pueblan nuestras vidas, todos hemos conocido algún carácter así.
Solo que, como ya hemos advertido con anterioridad, Gógol se divierte con la historia y sus personajes. Así pues, en toda la narración hay una sombra grotesca, una deformación caricaturesca que proyecta una luz sobre la sombra de lo absurdo de nuestras acciones, nuestros miedos y ambiciones. En definitiva, de la trágica broma que representa el vivir.
La segunda parte de Las almas muertas
Ya está advertido el lector de que quedó inconclusa. Sin embargo, se suele publicar junto a la primera parte. En ella, se puede adivinar un giro en la trama. En la idea de Gógol de escarmentar a su incorregible protagonista. Puesto que este, de forma reiterativa, invierte todo su talento en el mal.
Sin duda, merece la pena leer el bosquejo que se salvó del arrebato incendiario de Gógol. En él se prefigura un cambio en el ritmo de la trama. También en el carácter jocoso del narrador, que se torna más comedido, aleccionador.
No comparto la crítica severa que realiza Nabokov en su “Curso de literatura rusa” sobre lo inane y lo desfigurado de esta segunda parte. Y más aún acerca de la idea redentora que Gógol había previsto para la tercera parte.
Considero que de habernos llegado el texto completo, el genio creador del escritor ruso habría dado en resolver el giro de la historia hacia su propósito de mostrar que a través del engaño y de la mentira no se puede alcanzar —no la riqueza, sino— la virtud. Aunque, claro está, yo no soy el escritor de Lolita, pero me permito especular al igual que hace él.
Por cierto, no te pierdas nuestras reseñas de libros como El desierto blanco, El paseo, El evangelio según Jesucristo o La loca de la puerta de al lado.
En definitiva, “Las almas muertas” de Gógol es un libro de los imprescindibles que aconsejo leer con la certeza de que la maestría del escritor ruso no dejará indiferentes a los lectores más exigentes.
JOTA
No sabría decir cuántos son muchos libros, pero haber leído bastantes de ellos me ha convertido en un lector desapasionado y crítico. También reconozco que son tantas las lecturas que olvidé que escribir sobre ellas es la única forma de conservar cierta memoria. Así que, hablemos de libros.
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